Tlatelolco

Tlatelolco
por: Rafael Alcubierre

 

No es un hecho poco conocido que hay tragedias todos los días, ya sea en Francia, en Libia, en donde uno se pueda imaginar.En 1968, la tensión social alcanzaba una cúspide, los Juegos Olímpicos estaban cerca, y había represión saliendo hasta debajo del pavimento.

1968 no es recordado como un año próspero ni por los Juegos Olímpicos, como uno esperaría, sino por el hecho de que tan sólo cuatro meses antes de empezar un año nuevo, tuvo lugar una matanza masiva de parte del Estado a estudiantes inconformes con la situación de aquel entonces.

Una herida que todavía no sana, un miedo ya con el que nacemos, de tales niveles de represión que alcanzaron niveles inimaginables en aquel terrible día, pero que hoy es un concepto muy presente.

Cada año hay representaciones y muestras de respeto por los caídos de este suceso, una procesión, un funeral nacional en apoyo, memoria y cariño, por los que no tuvieron miedo de decir lo que pensaban y les acabó costando la vida.

En el Inhumyc estas representaciones han llegado a confundir, conmocionar y motivar a la comunidad, la respuesta nunca ha sido la esperada, lo cual es bueno.

En 2015, algunos estudiantes de preparatoria, después de mucha planeación, algo de estrés y organización casi burócrata logramos una representación subjetiva hasta cierto punto, el simbolismo predominaba tales imágenes. Por medio de un altar, sonido ambiental, y entrevistas a víctimas de la masacre, pudimos notar que se logró nuestro cometido, asustamos a algunos, a otros les arrancamos una que otra lágrima, y perturbamos a varios otros.

Para el que no estuvo ahí, procederé a explicar la escena.

Comenzamos observando una banca del colegio, mochilas, periódicos, libros tirados por todo el patio. A su alrededor, flores rojas y blancas, velas y un aura de olvido. En el fondo, una pancarta gritando «In memoriam», como símbolo de respeto, además, a la última matanza estudiantil que la nación tuvo la mala suerte de sufrir.

Una gran bocina, explotaba y resonaba las palabras de sobrevivientes de Tlatelolco en el corazón de aquel que estuviera prestando atención. Un pincel tallando en el alma de los conscientes el notable sufrimiento en la voz de los locutores.

Al finalizar las palabras de aquellas víctimas, una ilusión de armas automáticas disparándole a la población, seguido por unos segundos de ruido blanco.

Sonó el timbre, todos a sus salones.

Recordamos, como comunidad estudiantil, que estos sucesos son una herida que todavía no sana, y que es mejor que mantengamos abierta.