Relatos frente a la violencia

Relatos frente a la violencia

Ante la inquietud frente a las difíciles circunstancias que atraviesa la sociedad, la violencia normalizada y exacerbada, las agresiones que se viven constantemente y la impunidad requieren que se abran los ojos frente a la realidad. En quinto año de preparatoria se realizó un ejercicio de reflexión y escritura de donde surgen los textos que siguen a continuación:

 

Soy José, tengo ocho años. En mi salón estaba Fátima, nunca fuimos mejores amigos, pero era alguien muy feliz. El 12 de febrero no asistió a la escuela, todas las maestras se veían muy preocupadas y tristes. Al salir esa tarde mi mamá me dijo que se la habían llevado unos señores malos y me insistió que no caminara solo por la calle.
Cuatro días después había mucha gente, cámaras y velas afuera de mi escuela. Todos decían que ya habían encontrado a Fátima, yo estaba ansioso de preguntarle por qué no había venido a la escuela en toda la semana, hasta que mi mamá me dijo que Fátima ya no volvería.
Sigo confundido hasta el momento, no sé bien qué pasó. Sólo sé que todos extrañan a Fátima.

por: Pablo Bezares
Emilio Soriano

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La ciudad está en llamas, personas gritándose entre sí, hombres y mujeres enojadas e indignadas por algo que pasó. No sé bien por qué tanto alboroto. Todo esto lo veo desde la ventana de mi cuarto, me da miedo salir, no alcanzo a ver los carteles que levantan estas personas, pero puedo escuchar con claridad las quejas y los llantos de las mujeres marchando. Decido salir para poder entender mejor por qué todos están tan enojados. Al salir, parece que nadie me ve, gente pasa y pasa, y nadie me dedica ni una pequeña mirada, ni un momento de duda: ¿por qué hay una niña tan pequeña aquí afuera?; me extraña, pero no le doy tanta importancia.
Me interesa saber más, por qué y a quién le reclaman. Al ver con claridad las palabras que gritan los carteles puedo ver mi nombre en ellos, gente grita y grita: ¡Justicia al asesino!; confundida, volteo a ver a mi alrededor. Veo a una señora hincada con una niña en los brazos, la mujer llora. Al acercarme para preguntarle si está bien, puedo alcanzar a ver a más y más mujeres en la misma situación. Me acerco a ellas y distingo a mi madre, mientras más me acerco más entiendo por qué esos carteles tienen mi nombre. La niña que mi madre tiene en brazos soy yo, es mi cuerpo muerto reposando en el regazo de esa mujer que es mi madre en esta vida. Al darme cuenta de esto corro, huyo de la realidad que se me acaba de presentar, me refugio en un espacio donde sólo se encuentran cuadros, cuadros postrados en una pared limpia, muchos cuadros, incontables; muestran las imágenes de mujeres que perdieron la vida por culpa de otra persona. Me fijo en ellos y los cuadros caen, uno por uno, caen y se rompen a unos pocos centímetros de mí. Cuando todo está hecho pedazos en el suelo, una frase se asoma: Somos el grito de las que no tienen voz.

por: Fátima Castellanos

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Fátima, una en un millón

Una en un millón, destrozada por una sociedad indiferente. Un alma fuera de este mundo que soportó el infierno para encontrarse con la insensibilidad a su alrededor, una niña extraordinaria con la vida por delante. Este 11 de febrero fue arrebata de cualquier posibilidad de comerse al mundo.
A Fátima la mató la ignorancia y el odio, nuestros gobernantes y la sociedad en carne propia.
Cuando la falta de empatía se encuentra con el fuego de mil corazones ardientes que laten al mismo tiempo, el mundo se paraliza, hace retumbar en los rincones las últimas risas de una inocente, ensordece a cualquier blando corazón.
Nos falta una más, una más que deja un lugar vacío en el comedor de su casa, en el pupitre de su escuela y las manos de su madre vacías, pero llena cada rincón con fotografías suyas y llena los silencios con aullidos de millones de personas que exigen justicia para una en un millón, que no fue la primera ni la última en morir en la injusticia.

por: Alexis Gamboa
Alonso García

 

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El feminicidio se ha vuelto en un criminal sin cara que toca a la puerta, se ha vuelto la solución de algunos y la pérdida para otros y otros en todo sentido; es como un nudo en la garganta matando deseo; matando en deseo de probar la libertad plena; el deseo de mostrarse auténtica, sin máscara ni filtros; el deseo de mirar a alguien a los ojos y no temer por su presencia a tu falta de presencia; el sueño de abrazar al prójimo sin temer a que te apuñale por la espalda, es un sueño, es una pesadilla, es un delirio de una sustancia no consumida, es la valentía de salir de tu casa aún sabiendo que no puede ser que no vuelvas, es ver el peligro a los ojos, es comer o ser comido, es cortar las alas de un ave y que esta se siga arrastrando para no renunciar a su existencia, es ponernos la soga al cuello y cerrar los ojos, es codicia que corrompe el tiempo, es dudar del mundo, menos de ti, es retroceder en el tiempo.

por: Mariana González

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Llevo cinco días encerrada en mi casa, no sé por qué, lo que sí sé es que he visto a mamá como asustada y algo paranoica. Le he preguntado por qué ya no me deja salir y siempre responde lo mismo: “Alicia, vivimos en una sociedad enferma a la que no te quiero exponer, tampoco quiero ni espero que lo entiendas”, no sé por qué mamá se preocupa tanto cuando he salido de grandes gripas.

Hoy por fin tuve la oportunidad de convivir con otras personas. Todas son mujeres y muy amables. Fátima tiene mi edad y siempre tiene dolores en la parte en la que mamá dice que nadie te debe tocar; luego está Ingrid, ella es más grande, tiene costuras por todas sus extremidades, le regalé a Teddy, mi osito favorito, el que mi perro destruyó, mamá se encargó de coserlo y como tenía cicatrices similares pensé que serían el uno para el otro. Finalmente está Leticia, me gustaría verle la cara, pero siempre la oculta con una bolsa de papel.

por: Aranxa Aguayo
Nahui Vargas

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 20 de marzo de 2019
Piel desnuda, solsticio de verano, obtengo siempre sus suaves notas de voz, sofocante ahogo, ojos desorbitados, sudor fresco por el cautivante placer, ¿es placer?
No es la primera vez, es la última, es egoísta pensar en mí, pero para eso la tengo a ella. Cambia el no trabajar por mi próxima satisfacción, sólo que quedarse callada y suspirar. Celos sesgados nublaron mi mente cuando la vi hablar con el vecino de enfrente.
-¡Eres una puta!- le digo mientras la azoto contra el suelo.
-No te di permiso de dirigirle la palabra- me quito el cinturón, le doy un golpe y luego me quito rápidamente los pantalones. Mi humor cambia y la consiento, rozo todo ese cuerpo que me pertenece. Retortijones de asfixia que me hacen quererla aún más.
¿Qué la hace diferente a todas las demás? Que ella no se queja, no suspira demás y no pretende incomodidad, la mantendré más tiempo aquí. ¿Deshacerme de ella? No, todavía no; pero juro que si mira siquiera la ventana de enfrente no me la voy a acabar y ella tampoco.

15 de mayo de 2019
Salí impune. Atardecer, cabe recalcar que no estoy arrepentido, aún hay rencor. Sabía su papel, todas lo sabían, pero la traición es su única respuesta. Ése era el único final, ¿por qué no lo entienden? Si supieran que su vida está en sus manos, no en las mías; ellas lo provocaron y sólo me llevo un corazón roto.

17 de mayo de 2019
Conocí a una nueva mujer. Piel desnuda, solsticio de verano…

por: Sofía Valdés
Ana Sofía Rosales

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