Nuestra Conchita. Una invitación a la santidad

Nuestra Conchita. Una invitación a la santidad
por: Felipe de Jesús Contreras

Fui criado en la fe principalmente por mi abuela materna quien adhirió a mi nombre la pertenencia a Cristo. De manera muy consciente me consagró y educó amorosamente en el cristianismo. De niño me enseñó a orar y rezar, me mostraba películas, historietas y dibujos animados que ilustraban la cosmovisión católica desde sus escrituras. También me presentaba las historias de santos y santas de la misma devoción y yo observaba. Pasaba mucho tiempo en su casa pues mis padres trabajaban.

En el jardín de su casa había una higuera y, a lado de ella un retablo de madera grabada que decía: “Esta higuera es nieta de la que tenía San Felipe de Jesús”, y que según la leyenda, la abuela de esta higuera seca había reverdecido milagrosamente tras el martirio y muerte de quien fuera el primer santo mexicano. Conocí la historia también de palabras de mi abuela, quien se deleitaba de llamarme siempre bajo el mismo nombre: Felipe de Jesús.

En este ambiente conocí historias de otros santos que, por su origen sobrenatural, me fascinaban. Algún día en esa casa de San Ángel pensé “yo no quiero ser sacerdote, yo quiero ser santo”. Vamos, los santos tienen superpoderes.

Con el tiempo, mi fe se mantuvo firme y fue madurando poco a poco. Como muchos otros jóvenes, empezaba a cuestionar gran parte de mi fe a partir de la razón, de la historia y de la congruencia de su Iglesia. Quizá algo ingenua, mi fe era similar a la de un niño que defiende la existencia de Santa Claus, aunque también buscaba argumentar desde conexiones que imaginaba existían desde la ciencia, la magia y la historia.

Me hablaron aisladamente de Conchita y Félix en la secundaria, en clase de formación humana. No creo que el tema estuviera plenamente integrado al currículo de la materia pues la escuela no tenía un carisma relacionado con la Espiritualidad de la Cruz. Muy probablemente nuestra maestra haya estado tan súbitamente inspirada y sorprendida con la historia de estos personajes que quiso compartirla con nosotros. Lo hizo bien, por lo menos lo hizo bien conmigo. Quedé sorprendido y conmovido por la historia de ellos, en primer lugar, una mujer que por su amor y fe tan grande en Cristo, podía conversar con él y, bajo una fuerte infatuación, decidió mostrarse suya grabando en su pecho las siglas JHS, en latín siglas de Iesus Hominum Salvator (Jesús Salvador de los Hombres); por otro lado, la historia de un joven francés que alzaría su mano y gritaría -¡Moi!-  después de que un arzobispo contara un temible testimonio sobre la vida de un misionero en Oceanía y preguntara a la asamblea de 400 jóvenes -¿Quién de ustedes me quiere prometer ahora venir a ayudarme a salvar esas pobres almas?-.

Quizá hoy la actitud de Conchita  pueda ser comparable con aquellas personas que se tatúan el cuerpo con el nombre de su enamorado (en ocasiones de manera desafortunada) y la pregunta que hizo el arzobispo a lo jóvenes franceses de finales del siglo XIX, se relacione más con la colonización que con la salvación. Quizás hoy mi asombro sea insignificante para algunos, pero, para mí, tuvo un impacto en mi vida cristiana.

Más tarde conocería a los Misioneros del Espíritu Santo en un grupo llamado Éxodo, ahí maduraría nuevamente mi fe y experimentaría el mayor crecimiento intrapersonal que haya reconocido hasta ahora en mi vida: un crecimiento ajeno y lejano a una vida de fe “mocha” con tintes “doloristas”, querubines sonrosados y una estética tan sincretizada entre lo indígena y español que podría considerarse vulgar, como menciona Javier Sicilia en su libro Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo: “El lenguaje edulcorado […] con el que están hechas muchas hagiografías […] que, exalta la fantasía, la debilidad y lo kitsch ha hecho más  por desvirtuar la imagen del cristianismo que todos sus detractores juntos”. Nada de eso, en el Altillo mi vivencia de la fe era natural, humana, cercana y fraterna, esa era la imagen que había construido de Dios: la imagen de un Dios amigo y no un desconocido; misericorde y no castigador; alegre y no irascible; compasivo y sin juicios severos.

Después sabría que en el Altillo estaban los restos de Conchita, que ahí vivían los Misioneros del Espíritu Santo y que Éxodo había sido creado por uno de ellos. Duraría poco más de una década asistiendo con regularidad a los grupos juveniles del Altillo y estando en contacto con muchos misioneros, quienes se autodenominan “hijos” de Conchita y Félix. Así, conocería la cara de una Iglesia distinta a la que hoy es criticada por muchas personas, conocería un rostro nuevo de Dios y una manera nueva de ser cristiano.

A partir de la preparatoria sostendría muchas discusiones con personas que hicieran comentarios sobre la Iglesia y hablaría desde mi experiencia personal, de lo que me habían mostrado, de una vivencia religiosa más cercana al Cristo de los evangelios que un dios construido y manipulado desde el poder eclesiástico. Entendería también la propuesta del Reino como un proyecto humanizante que buscaba la plenitud del ser humano a través de la dignificación de quien sufre, la inclusión y el perdón de los que pecan, de la equidad, la igualdad y la justicia, pero, sobre todo, del amor. A partir de ese entonces fue que escuché de nuevo el concepto de santidad y lo entendí de manera diferente.

Ser santo no representaba únicamente tener una vida ejemplar y sobrehumana (ni se diga de los superpoderes). Muchos de los santos hoy conocidos llevaron vidas tan mundanas como muchos de nosotros, muchos parten de una vida de pecado. Como diría Sicilia “la santidad no niega lo humano, lo lleva a la plenitud”, es decir, la santidad toma lo mejor de nosotros, pero también lo peor. He entendido la paradójica relación del amor y el dolor que plantea la Espiritualidad de la Cruz, revelada por Dios a Conchita, como aquella oportunidad transformadora de convertir el dolor en vida, de entrar en contacto con el sufrimiento y darle significado o bien, verterlo en el corazón y dejar que lo riegue para recoger frutos de amor. Se trata de contemplar y asumir ese dolor para construir vías de comunión, de justicia, de libertad, de solidaridad, de generosidad, de cooperación, de perdón y de paz para finalmente vivir en plenitud. Sicilia menciona que “La paradoja de la salvación debe actualizarse: el hombre y su historia no se salvan a través de sueños que se imponen mediante guerras, crímenes, procesos y descubrimientos, sino por la conversión del corazón, la entrega sin límites al amor de Dios y a la renuncia a uno mismo que termina en el servicio y el encuentro con los otros”.

La santidad es un estado al que está invitado todo ser humano, no únicamente unos cuantos elegidos. Se trata de llevar a plenitud nuestros seres únicos, quizá como una katana nacida de una hoja de acero, golpeada, horneada y templada hasta convertirse en una espléndida espada. El dolor nos golpea, nos suaviza y nos templa, es a través de una forja minuciosa, amorosa que seremos convertidos en instrumentos formidables.

Conchita es para mí una puerta a esta santidad, desde su ser mujer de finales del siglo XIX, laica y mexicana. Sicilia explica: “La época en la que Concha vivió, el laico -no se diga la mujer- era visto como un católico de segunda, una oveja descarriada que había de conducir con severidad y prudencia. Con Concha […] resurge el laico enclavado en la dinámica salvífica de Jesús sacerdote y víctima”. Su laicismo invita a quienes hemos optado por un estado de vida diferente al religioso a vivir de manera entregada, desde nosotros y hacia los demás, entregando lo mejor que tenemos en búsqueda de una realidad mejor. Menciona Sicilia al respecto que “Concha […] nos abrió en pleno siglo XIX una nueva época en donde el laico deberá jugar un papel fundamental en la economía de la Redención”. Es una invitación al laico a tomar roles cada vez más protagónicos en la vida de su Iglesia, a vivir en comunidad y repercutir en la creación de una realidad digna para todos los seres del planeta.

De manera especial, celebramos la beatificación de Conchita aquellos que hemos sido parte de proyectos derivados de sus obras y su espiritualidad y hemos sido transformados por ella. Celebramos en el Inhumyc porque esa espiritualidad permea en nuestra propuesta educativa, independientemente del credo de sus integrantes, en nuestra historia, en nuestro particular carisma y en nuestra voluntad de formar seres humanos íntegros, enamorados de la vida y transformadores de la sociedad.

One comment on “Nuestra Conchita. Una invitación a la santidad”

  1. Alma Rosa Camero Martínez dice:

    Estoy conmovida por todo lo que escribiste y la manera tan real, sincera y fresca como vives tu Fe y analizas la vida de Conchita y Félix. Recuerdo hace tiempo cuando tuviste la inquietud de entrar al Seminario y no estabas del todo convencido. Yo te dije «hay muchas formas de servir a Dios» Creo que lo estás haciendo muy bien.

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