La inexplicable y misteriosa desaparición del paletero

La inexplicable y misteriosa desaparición del paletero

Por: Santiago Miramontes

Desde hace ya tiempo, el Instituto Miguel de Cervantes es bien conocido por ser la mayor fuente de trabajo para los oficiales de tránsito. Durante 36 años consecutivos, el Municipio, en conjunto con la Secretaría de Educación Pública, ha tenido el honor de otorgarle al Instituto el afamado reconocimiento a “La escuela que más tráfico genera”. Pero… detrás de toda esta honorable labor, se encuentra, quito de reconocimiento, un hombre que es muy bien conocido por toda la comunidad educativa: El paletero, quien ha sido testigo de la salida de muchísimas generaciones y es el mismísimo autor de la conmoción generada a la hora de la salida. Los niños corren para comprar sus paletas y no reparan en gastos al pedirle    los toppings:

-Una paleta de danonino por favor. Con chocolate, frutilupis y trocitos de galleta… ¡ah! y no olvide la lechera. 

Todo apuntaba a que el pasado 24 de febrero sería un día común y corriente en la Ciudad. Los niños se dirigían a sus escuelas y los adultos llevaban a cabo sus actividades como de rutina. Las noticias comenzaron a anunciar que una onda de calor golpearía la ciudad al punto de las 12:00 pm. 

En el Instituto Miguel de Cervantes tomaron todas las clases en el mismo orden de siempre. Fue una jornada específicamente agotadora. Los dueños de la escuela habían recortado gastos de mantenimiento para irse de vacaciones a Mazatlán y ningún aire acondicionado funcionaba. Todo el mundo estaba abrumado y esperando con ansias poder subirse a un auto con climatización.

 

Tocó el timbre de la salida… 

 

El Director, como siempre, fue el primero en salir. Todos los días, mientras los niños compraban paletas de hielo, aprovechaba para hablar con sus mamás sobre temas “meramente informativos sobre el desarrollo de sus hijos”. Ese día en específico llevaba prisa, ya que había conocido a Claudia, la mamá de un niño que se había inscrito en la escuela a mitad de ciclo escolar. Estaba ansioso por encontrársela. Sin embargo, nunca logró interceptar el vocho rojo que la mujer acostumbraba manejar.

– ¿Claudia? ¿Jasmín? ¿a dónde habrán ido todas? – se preguntó angustiado el Director mientras  se percataba  que la fila de autos estaba vacía. Todas las señoras se habían ido.

¿Ahora qué haría? Los nervios se apoderaron de él. Corrió a la contra esquina del edificio esperando encontrarlas comprando paletas para sus hijos, sin embargo, estaba vacía. Ni las mamás, ni los niños, ni el paletero se encontraban ahí. 

El “hombre del hielo”, como le decían los niños de kínder II al vendedor de paletas, había desaparecido. En 36 años el paletero jamás había faltado y ese día, que parecía ser el más caluroso del año, por primera vez, no se presentó a trabajar.

 

Tocó el timbre de la salida…

 

Don Manolito, el conserje de secundaria, tardó unos 10 minutos en salir y  esperaba  encontrarse con la calle llena de basura. Como siempre, ya tenía preparado su recogedor y su escoba listos para barrer los palitos de paleta y las servilletas que dejaban los niños en la banqueta. Para muchos, todo el “mugrero” que se generaba era una ofensa, pero para Don Manolito, el poder recogerlo le resultaba más que un placer. 

Al cruzar la calle, se percató de que en el suelo no había ni un solo palito, ni una sola bolsita de plástico. Ni siquiera había rastro de que el paletero hubiera acudido ese día a trabajar. Sólo había un hombre de traje tirado en lágrimas y una mujer gritando como loca algunas cosas sin sentido sobre la alimentación.   

– ¡Manolo! – dijo una voz llorosa, era el Director – ¡Ha desaparecido! ¡El paletero ha desaparecido! ¿Qué haremos ahora? 

La cara del conserje cambió por completo instantáneamente. Su piel se volvió unos tres tonos más clara. Sin la basura que generaban los niños al comprarle al paletero ¿qué sería de él? Don Manolito dejó de encontrarle sentido a su vida. Si ya no tenía algo que limpiar ¿qué caso tenía vivir? 

 

Tocó el timbre de la salida…

 

La mamá de Daniel, como de costumbre, era la primera en la fila para recoger a los niños. No había pasado ni un minuto de que salió su hijo y ella ya le estaba dando sermones sobre la importancia del buen comer. Como siempre, el niño se puso pesado sobre el tema de los chayotes. 

– Ya te lo dije ¡No me los voy a comer! – gritó Daniel – Dame calabazas o brócoli si quieres, pero chayotes, jamás.

Para la señora, esto ya no era novedad. Todos los días, desde hacía 11 años había tenido ya la misma discusión. Su hijo se empeñaba en rechazar los deliciosos chayotes al vapor que ella le preparaba, pero esto ya no representaba un problema, ya que con tan solo comprarle una paleta de hielo, ya tenía asegurado que Daniel los devoraría al llegar a casa. 

Cruzaron la calle para pedir la ya famosa paleta de danonino cubierta de chocolate, frutilupis, trocitos de galleta y leche condensada. 

No había ni llegado a la esquina cuando Daniel comenzó a gritar:

– ¡El paletero! ¡No está el paletero!

Su mamá entró en pánico. Sabía que sin paleta su hijo nunca se comería los chayotes. La ausencia del paletero era una verdadera desgracia. La mujer se puso automáticamente a la defensiva, enloqueció y comenzó a gritar repetidamente:

– Una buena alimentación, es fundamental para el sano crecimiento de los niños. Es importante llevar una dieta balanceada, tomando en cuenta los principios que nos enseña el plato del buen comer…

 

Tocó el timbre de la salida…

 

El equipo de futbol caminaba victorioso hacia las canchas. El partido contra la escuela Héroes de la Patria todavía no se llevaba a cabo pero los jugadores ya creían tener ganado el juego. Como en todos los campeonatos, el tráfico que generaba la larga fila del paletero era tan denso que los equipos rivales nunca alcanzaban a llegar a tiempo. Bastaba con darle 15 pesos y un refresco al árbitro para que los nombrara ganadores por default.

El equipo completo se encontraba esperando que llegaran las cuatro de la tarde para poder ir a reclamar su título, sin embargo, poco tiempo antes de que diera la hora del partido llegó una camioneta de la cual bajó todo el equipo contrincante. 

El capitán gritaba de enojo. No podía creer que los niños de la otra escuela hubieran llegado a tiempo. Corrió junto con el equipo hacia la esquina de la calle para reclamarle al paletero el hecho de que no había ocasionado suficiente tráfico.  Al llegar, no lo encontró. Sólo estaban una mujer desquiciada gritándole a su hijo, el director desesperado y el conserje al borde de la depresión.   

Todos concordaban con que la desaparición del paletero era la más grave tragedia del siglo XXI.

-Seguramente el vecino lo secuestró -sugirió uno de los futbolistas- El señor siempre se quejaba del ruido que ocasionaba.

– ¡Claro! Debe ser colaborador de alguna empresa de comidas chatarras, quiere sabotear la buena alimentación de mi hijo -Susurraba para sí misma la mamá de Daniel. 

– ¡Tenemos que atraparlo! – gritó el conserje. 

Todos, los futbolistas, el conserje, el director y la señora corrieron a las casa del vecino. Comenzaron a lanzarle piedras a sus ventanas y a golpear sus puertas. 

 

Toco el timbre de la salida…

 

Diego, un niño estudioso de tercero de secundaria, se quedó una hora más en la escuela para terminar un proyecto de química. Al salir del Instituto, decidió ir a comprar una paleta de chicozapote, sin embargo se percató de que el paletero había cambiado de esquina. 

-¿¡Cómo estás Dieguito!?- le dijo alegremente (y bastante sano y salvo) el paletero- ¿Qué vas a llevar?

Una paleta de chicozapote, por fa Don. -Contestó entusiasmado el estudiante. 

– Dieguito… me creerás que se me derritieron las paletas… No aguantaron el calor, por eso me cambié de esquina, a la sombra. Pero no te preocupes, te puedo ofrecer un agua de chicozapote. 

Diego estaba a punto de contestar cuando comenzó a escuchar gritos. Al parecer no provenían de muy lejos. Un grupo de personas, incluidos el director y el conserje golpeaban y gritaban desquiciados afuera de la casa del vecino.

Diego se dio cuenta que todos ellos pensaban que el anciano discapacitado que vivía ahí, le había hecho daño al paletero. Se veía muy confundido.

Trató de llamar la atención de los manifestantes,  pero no lo escuchaban.

-¡De qué hablan! ¿Se han vuelto locos? El vecino no hizo nada y el paletero se encuentra bien, en la otra esquina…- trataba de explicar Diego.

El silencio se apoderó de la calle, todos voltearon a ver a Diego. 

-Está defendiendo al vecino…

-¡Es un cómplice!

-Que no se escape ¡atrápenlo!

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