El tiempo en manos de la ficción

El tiempo en manos de la ficción
por: Daniel Pérez Rivera

La reflexión sobre el tiempo en la literatura requiere un contraste necesario con el otro gran relato de la humanidad que es la Historia, esta disciplina que reflexiona sobre los procesos y los devenires, que muchas veces reconstruye los instantes y los grandes momentos de la civilización a partir de documentos, cartas y fechas, aunque no siempre se limite al registro. Frente a frente, así suele ocurrir, la Historia busca una verdad y lo real, mientras que la literatura juega con lo verídico y las realidades.

La medida del tiempo es una tarea necesaria para el funcionamiento de nuestros días: el timbre suena y las puertas se abren o se cierran. Llega un momento en el que las cosas inician y otro en el que terminan. La comida, el sueño, las clases, el trabajo, la infancia y la vida requieren un final. A pesar de que se pueda registrar el tiempo, de que los años, los meses, los días, las horas, los minutos y los segundos nos dan sentido y permiten que el ser humano navegue en la dimensión del tiempo y el espacio; la literatura plantea un problema frente a esto: la experiencia humana y el tiempo no siempre se entienden.

En el prólogo de la novela El mundo alucinante del cubano Reinaldo Arenas se plantea una idea que sirve para ilustrar lo que ocurre con el tiempo en la literatura:

En general, los historiadores ven el tiempo como algo lineal en su infinitud. ¿Con qué pruebas se cuenta para demostrar que es así? ¿Con el elemental razonamiento de que mil quinientos es anterior a mil setecientos, o que la guerra de Troya fue anterior al degollamiento de María Antonieta? Como si al tiempo le interesasen para algo tales signos, como si el tiempo conociese de cronologías, de progresos, como si el tiempo pudiese avanzar…

Arenas entiende el tiempo como un espacio infinito donde todos los instantes conviven, no como un hilo en el que los momentos y los segundos se siguen uno tras otro. Eso explica su propuesta. Antes de iniciar la novela se puede leer: “Esta es la vida de fray Servando Teresa de Mier, tal como fue, tal como pudo haber sido, tal como a mí me hubiese gustado que hubiera sido”. Por ello el primer capítulo aparece tres veces: contado desde la perspectiva de fray Servando, la escena del héroe y sus hermanas en medio de la confusión de la infancia; desde la voz del autor que se dirige al personaje explicando lo que ocurrió; y desde un narrador omnisciente quien revela que lo anterior no era otra cosa que la mente de fray Servando Teresa de Mier que volaba por castillos en el aire.

De la mano de esta obra, no me interesa hablar sobre cómo el tiempo en la narración posee una duración particular, una cronología y una secuencia que no siempre coinciden o un ritmo determinado; considero más importante resaltar cómo: “La narración determina, articula y clarifica la experiencia temporal”, es decir, por un lado el tiempo está ahí como medida que se sucede en un plano físico, por el otro cada persona tiene en sí una conciencia del tiempo; el punto en el cual estas nociones dialogan es la narración. Las historias que una persona cuenta a otros y a sí misma, modifican la percepción del tiempo y le dan nuevas formas.

Así, las experiencias humanas se plantean en secuencias diferentes del tiempo donde el trazo ya no es una línea perpetua, gana figuras más acordes a aquello que se vive, porque no siempre percibimos el tiempo desde las medidas objetivas. Esta refiguración que algunos estudiosos llaman el tiempo humano nos permite entender que los momentos de angustia toman la forma de una línea irregular y sinuosa –incluso asfixiante–, los amores y desamores se tornan garigoleo o amplios vacíos eternos, las heridas profundas y los golpes de la vida parecen suspender la linealidad y hacerla volar en pedazos; todo esto se vuelve concreto en la literatura.

La ficción le hace justicia al tiempo humano en donde la experiencia puede atrincherarse frente a la medida cruel de los relojes y los calendarios, permite que la duración de lo vivido se extienda en la dimensión justa de lo que se siente, incluso cuando el relato es breve o los versos son pocos. Citar un ejemplo podría tomarnos más de lo que disponemos, pero valga para esto el encuentro con la adversidad de Mersault en El extranjero, se trata de un momento fugaz en el que seguimos el ritmo de lo que ocurre al interior del personaje:

No sentía más que los címbalos del sol sobre la frente e, indiscutiblemente, el refulgente filo del cuchillo, siempre delante de mí. La espada ardiente me roía las cejas penetrando en mis ojos doloridos. Entonces todo se tambaleó. El mar exhaló un soplo espeso y ardiente. Me pareció que el cielo se abría de par en par para dejar que lloviera fuego. Todo mi ser se distendió y empuñé el revólver. El gatillo cedió, toqué el vientre pulido de la culata y allí, con el ruido seco y ensordecedor, todo comenzó. Me sacudí el sudor y el sol. Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz. Entonces, disparé cuatro veces más sobre un cadáver en el que las balas penetraban sin que se notara. Y fueron como cuatro golpecitos que yo daba en la puerta de la adversidad.

Es la narración el medio por el que el ser humano puede atrincherar su experiencia, resguardarla frente a la secuencia y la marejada de fechas y de información, del mismo olvido. La narración permite simular la permanencia de aquello que se experimenta y dota de humanidad al tiempo, toma dimensiones ajenas a los instrumentos y redimensiona la fugacidad de la vida frente al cosmos.

En la medida en que nos presentamos frente al universo somos. El relato nos permite elaborarnos, ya sea individual o colectivamente, ante la existencia en sí misma. La narración es nuestra invención para encontrar sentido en el devenir y en el tiempo.

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