Editorial. Noviembre 2016

Editorial. Noviembre 2016

Entre los diferentes ritos que nos ayudan a asimilar los procesos de la vida está el Día de Muertos, una tradición con un fuerte arraigo en la mente y la cultura del pueblo mexicano. Si bien se ha transformado y perdido el impacto que tuvo hace un tiempo, continúa el momento en que nos detenemos a pensar en los que ya no están: nuestros seres queridos, el impacto que sus vidas han dejado en las nuestras; las grandes mentes que se han ido, quienes han construido un legado, las obras que trascienden la muerte y conforman la esencia de nuestro presente.

También el Año Nuevo se presenta como la celebración de un cierre y la promesa de mejores días por venir. Al acabar la noche empieza un día que guarda la posibilidad de un nuevo camino. Sin embargo, no sólo se trata de celebrar un inicio, sino que también se conmemora el Año Viejo, el crecimiento que hemos atravesado y las experiencias que en ocasiones nos hacen sabios. La vida nos tiende oportunidades constantemente para que encontremos nuestro destino.

En nuestra cotidianeidad aparecen transformaciones y cambios de la naturaleza, aunque constantemente perdemos de vista esta parte de nuestra existencia, no los notamos y preferimos estar instaurados en la ilusión de lo permanente. La forma en que entendemos que las cosas tiene un inicio y un fin, que son parte de un proceso, permite que nos relacionemos con el entorno de manera responsable. El ciclo del agua y la problemática que se vive alrededor de este recurso hoy en día deberían ser parte central de la conciencia de que la existencia humana no depende de nosotros, sino que estamos sujetos a un ecosistema.

Parece inevitable traer a la mente la certeza de que somos finitos: nuestra vida, el tiempo humano, el agua.

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